
Estrés oxidativo y daño mitocondrial: cuando la energía se convierte en amenaza
18 de marzo de 2026
Introducción: el incendio que no vemos
En la práctica clínica diaria, nos enfrentamos a un rompecabezas de diagnósticos aparentemente inconexos: síndrome metabólico, depresión, resistencia a la insulina, artrosis o deterioro cognitivo. Cada uno con su código CIE-10, su fisiopatología descrita y su protocolo estandarizado.
Pero si descendemos al nivel molecular, surge una pregunta incómoda pero fascinante:
¿y si todos estos cuadros compartieran el mismo proceso biológico de fondo?
Cada vez más evidencia sugiere que la inflamación crónica de bajo grado es el terreno común sobre el que se construyen muchas enfermedades modernas. No es una inflamación ruidosa ni dramática. No cursa con fiebre ni con leucocitosis llamativa. Es un estado persistente, sutil, metabólicamente impulsado y biológicamente desgastante. Es un susurro biológico persistente que, con el tiempo, termina por demoler la homeostasis del paciente.
Es, en cierto modo, un incendio lento que no vemos… pero que nunca se apaga.
De la defensa aguda al desgaste crónico
La inflamación aguda es una obra maestra de la evolución. Se activa ante una infección o lesión, moviliza células inmunes, libera citocinas y, una vez cumplida su función, se resuelve. Es eficiente, precisa y autolimitada.
La inflamación crónica de bajo grado es distinta. No responde a un patógeno claro. Se activa ante estímulos metabólicos sostenidos.
Imaginemos a un paciente con obesidad visceral. Su tejido adiposo no es solo almacenamiento energético. Es un órgano endocrino activo que libera IL-6, TNF-α y otras adipocinas proinflamatorias. Recluta macrófagos con fenotipo M1. Se genera un microambiente inflamatorio local que, con el tiempo, se vuelve sistémico. El exceso de glucosa, la lipotoxicidad y la permeabilidad intestinal actúan como señales de peligro (DAMPs) que mantienen el sistema inmune en un estado de alerta perpetua.
El paciente no “nota” inflamación. Pero su biología sí.
Los mecanismos moleculares: cuando la señal no se apaga
En el núcleo de este fenómeno encontramos la activación persistente de rutas inflamatorias como NF-κB, uno de los principales reguladores transcripcionales de citocinas proinflamatorias. También destaca el inflamasoma NLRP3, activado por señales de daño celular (DAMPs), cristales de colesterol, exceso de glucosa o especies reactivas de oxígeno.
Este circuito perpetúa la producción de IL-1β, IL-6 y TNF-α, que alteran la señalización insulínica, favorecen la disfunción endotelial y comprometen la función mitocondrial.
Un ejemplo clínico claro: el paciente con resistencia a la insulina no solo presenta alteración metabólica. Presenta activación inflamatoria que interfiere directamente con la vía del receptor de insulina a través de la fosforilación de IRS-1 mediada por citocinas.
La inflamación deja de ser consecuencia y se convierte en causa.
Inflamación y metabolismo: un diálogo constante
Durante años pensamos que el sistema inmune y el metabolismo eran sistemas independientes. Hoy sabemos que están íntimamente conectados. El concepto de inmunometabolismo ha cambiado la forma en que interpretamos la fisiopatología.
Cuando el metabolismo celular pierde flexibilidad —por exceso calórico, sedentarismo o disfunción mitocondrial— se genera estrés oxidativo. Las especies reactivas de oxígeno activan rutas inflamatorias. Esta inflamación, a su vez, empeora la eficiencia mitocondrial.
Se crea un círculo vicioso.
Este modelo explica por qué la inflamación crónica está presente en:
- Aterosclerosis.
- Diabetes tipo 2.
- Enfermedad hepática metabólica.
- Artrosis.
- Enfermedades neurodegenerativas.
- Depresión asociada a inflamación sistémica.
La enfermedad cambia de órgano, pero el terreno inflamatorio permanece.
El ejemplo cardiovascular: prueba de causalidad
El estudio CANTOS fue un punto de inflexión. Al bloquear IL-1β con canakinumab en pacientes con antecedente de infarto, se redujo significativamente el riesgo de nuevos eventos cardiovasculares, independientemente de los niveles de colesterol.
La conclusión fue contundente: modular la inflamación modifica el riesgo clínico.
No se trataba solo de un marcador acompañante. Era un actor central.
Cómo reconocerla en la práctica clínica
Uno de los desafíos es que la inflamación crónica de bajo grado no siempre eleva la PCR de forma dramática. A menudo se mueve en rangos discretamente elevados pero persistentes.
En consulta, debemos pensar en patrones más que en valores aislados:
- PCR ultrasensible persistentemente elevada (>1-3 mg/L).
- IL-6 moderadamente aumentada.
- Ferritina elevada sin anemia.
- Relación neutrófilo/linfocito alterada: un marcador de bajo coste y alta sensibilidad para el estrés inflamatorio.
- HOMA-IR elevado.
- Perfil lipídico aterogénico.
La inflamación crónica no grita. Susurra.
Y exige una mirada integradora.
Intervención: apagar el incendio desde el terreno
La Medicina de Precisión no trata de administrar antiinflamatorios crónicos, sino modificar el entorno biológico que mantiene activadas las rutas inflamatorias. La estrategia debe ser sistémica.
La reducción de grasa visceral disminuye la producción de adipocinas proinflamatorias. El ejercicio regular mejora la función mitocondrial y reduce la activación de NF-κB. La dieta rica en polifenoles modula la señalización inflamatoria. El sueño adecuado regula el eje HHA y disminuye la activación simpática crónica.
En este contexto, la intervención deja de ser sintomática y pasa a ser fisiopatológica.
Conclusión: cambiar la pregunta clínica
Quizá el cambio más importante no sea terapéutico, sino conceptual.
En lugar de preguntar únicamente “¿qué enfermedad tiene mi paciente?”, podríamos empezar a preguntarnos:
¿En qué estado inflamatorio basal se encuentra?
Comprender la inflamación crónica de bajo grado como el terreno común de la enfermedad moderna nos obliga a abandonar la fragmentación diagnóstica y adoptar una visión más sistémica.
No simplifica la medicina.
La hace más profunda.
Y probablemente más eficaz.
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