
Familia, comunidad y salud: el poder de sentirse acompañado
24 de diciembre de 2025
Artículo basado en evidencia científica actual. Redactado para profesionales de la salud con interés en longevidad, inmunología y medicina de precisión.
Introducción
¿Por qué, a partir de cierta edad, el sistema inmune se vuelve menos eficaz? ¿Qué explica que adultos mayores presenten mayor riesgo de complicaciones infecciosas, menor eficacia vacunal y un aumento progresivo de enfermedades autoinmunes o cáncer? La respuesta no reside únicamente en la cronología biológica, sino en el impacto acumulado de dos procesos celulares interdependientes: la inmunosenescencia y la disfunción mitocondrial.
Durante años, el envejecimiento del sistema inmune fue considerado una consecuencia inevitable y pasiva del paso del tiempo. Hoy sabemos que se trata de un fenómeno activo, progresivo, que puede ser monitorizado e incluso parcialmente revertido mediante intervenciones dirigidas. En este contexto, la Salud de Precisión ofrece un nuevo paradigma: no solo entender la inmunidad desde una perspectiva cuantitativa, sino también desde la calidad metabólica y funcional de las células inmunitarias.
¿Qué es la inmunosenescencia?
La inmunosenescencia se define como la pérdida gradual de la función inmunitaria asociada al envejecimiento. Afecta tanto a la inmunidad innata como a la adaptativa, y se manifiesta a nivel clínico, celular y molecular.
Desde el punto de vista adaptativo, se produce una pérdida progresiva de células T naïve y una acumulación de células T efectoras senescentes, particularmente del subtipo CD28-, caracterizadas por su baja capacidad de expansión clonal y su perfil inflamatorio persistente. Esta reorganización de la reserva inmunológica compromete la capacidad de respuesta frente a nuevos antígenos, afectando la eficacia de vacunas y la capacidad de contención frente a infecciones emergentes.
En la inmunidad innata, también se observa un deterioro funcional. Los macrófagos pierden eficiencia fagocítica, las células NK disminuyen su citotoxicidad y los neutrófilos ven alterada su capacidad de migración y eliminación de patógenos. Este deterioro funcional va acompañado de un fenómeno clave en el envejecimiento: la inflamación crónica de bajo grado, también conocida como inflammaging. Este estado proinflamatorio persistente genera un entorno tisular hostil, promueve el daño celular y acelera el declive funcional sistémico.
Además, se ha observado que el envejecimiento inmunológico va de la mano de una disminución de la diversidad del repertorio de receptores de células T y B, lo cual limita la plasticidad adaptativa del sistema inmune y lo hace más vulnerable frente a desafíos inmunológicos novedosos.
Disfunción mitocondrial: la raíz energética del fallo inmune

La inmunosenescencia no puede entenderse sin considerar su sustrato metabólico: la disfunción mitocondrial. Las mitocondrias son mucho más que generadoras de ATP; se han convertido en protagonistas clave en la regulación de la función inmunitaria, el destino celular y la respuesta inflamatoria.
Células inmunes como linfocitos T, B, macrófagos o células dendríticas necesitan adaptar su metabolismo a su estado funcional. Por ejemplo, un linfocito T naïve en reposo utiliza principalmente la fosforilación oxidativa, mientras que, al activarse, cambia a una glicólisis aeróbica más rápida para soportar la proliferación. Esta transición metabólica requiere mitocondrias funcionales y flexibles.
Cuando las mitocondrias se deterioran —ya sea por acumulación de daño oxidativo, mutaciones en el ADN mitocondrial o falta de renovación organelar— las células inmunitarias pierden su capacidad de adaptación metabólica. El resultado es una función inmunitaria empobrecida, una mayor producción de especies reactivas de oxígeno, liberación de señales proinflamatorias como DAMPs (patrones moleculares asociados a daño) y un estado de senescencia celular que retroalimenta el deterioro.
A este fenómeno se lo conoce como inmunometabolismo alterado, y representa una de las claves actuales para entender por qué algunas personas envejecen con mayor vulnerabilidad inmunológica, independientemente de su edad cronológica.
Estrategias terapéuticas basadas en la evidencia
Si bien no podemos detener el envejecimiento, sí es posible modular sus trayectorias celulares y metabólicas mediante intervenciones dirigidas. Numerosos estudios preclínicos y clínicos han identificado estrategias efectivas para ralentizar, revertir o al menos compensar los efectos de la inmunosenescencia y la disfunción mitocondrial.
Reprogramación metabólica e inhibidores de mTOR
La vía mTOR (mammalian target of rapamycin) regula la proliferación celular, la síntesis proteica y la autofagia. Su activación crónica se asocia a inflamación, senescencia y pérdida de flexibilidad metabólica.
Fármacos como rapamicina (o sus derivados como everolimus) han demostrado en ensayos clínicos su capacidad para mejorar la respuesta inmunológica a vacunas en adultos mayores, reducir infecciones y mejorar la eficiencia inmunitaria sin causar inmunosupresión franca. La metformina, aunque más conocida por su acción sobre la sensibilidad a la insulina, también ejerce un efecto indirecto sobre mTOR y promueve una mayor eficiencia mitocondrial.
Estudios como el de Mannick et al. (2018) han demostrado que la administración de inhibidores de mTOR en dosis bajas puede rejuvenecer selectivamente aspectos de la inmunidad adaptativa, mejorando la funcionalidad sin provocar efectos adversos severos.
Terapias mitocondriales dirigidas
Compuestos como NAD+ y sus precursores (nicotinamida ribósido, NMN), Coenzima Q10, ácido alfa-lipoico, PQQ y L-carnitina han sido estudiados por su capacidad para restaurar la función mitocondrial, reducir el estrés oxidativo y estimular la biogénesis mitocondrial.
Estas moléculas no solo promueven una mayor producción de ATP, sino que también mejoran la calidad funcional del sistema inmunológico al optimizar el perfil energético de las células efectoras. Además, tienen un perfil de seguridad favorable y se pueden integrar dentro de esquemas clínicos individualizados.
Estímulos horméticos: ejercicio físico y ayuno intermitente
Tanto el ejercicio físico como el ayuno son estímulos horméticos naturales capaces de inducir adaptaciones positivas en la mitocondria y en la función inmunitaria. El ejercicio de fuerza y el entrenamiento intermitente de alta intensidad (HIIT) estimulan la biogénesis mitocondrial, la producción de SIRTUINAS y la mejora del control inflamatorio sistémico.
El ayuno intermitente, por su parte, activa rutas de autofagia y mitofagia, limpia organelas disfuncionales y favorece un entorno metabólico menos inflamatorio. La combinación de ambos ha demostrado mejorar marcadores inmunitarios, reducir la proporción de células senescentes y aumentar la diversidad de linfocitos naïve.
Modulación de la microbiota intestinal
El sistema inmune y la microbiota están en diálogo constante. Una microbiota empobrecida o disbiótica favorece la inflamación sistémica, altera la permeabilidad intestinal y agrava la inmunosenescencia.
Numerosos estudios demuestran que la diversidad microbiana intestinal se correlaciona con una mejor respuesta inmune, mayor eficacia vacunal y menor inflamación en adultos mayores. Estrategias como la introducción de probióticos clínicamente validados, prebióticos personalizados o dietas ricas en fibra, polifenoles y compuestos fermentables pueden ejercer un efecto inmunoprotector indirecto, pero poderoso.
Aplicabilidad clínica: integrar ciencia y práctica
El reto está en traducir este conocimiento en decisiones concretas de consulta. Algunos pasos recomendables incluyen:
- Evaluación avanzada de inflamación de bajo grado mediante PCR ultrasensible, IL-6, TNF-α, ferritina y fibrinógeno.
- Estudio inmunológico funcional con tipificación linfocitaria, cociente CD4/CD8 y análisis de células T senescentes (CD28-).
- Valoración de disfunción mitocondrial con marcadores como lactato, piruvato, AST/ALT, GGT y perfil de NAD+/NADH si está disponible.
- Implementación progresiva de nutracéuticos mitocondriales, programas de ejercicio adaptados, intervención nutricional personalizada y modulación del microbioma.
Este enfoque integrador permite intervenir antes de que aparezcan manifestaciones clínicas severas y optimiza la inmunocompetencia del paciente adulto mayor, inmunocomprometido o con enfermedades inflamatorias crónicas.
Conclusión
La inmunosenescencia ya no debe interpretarse como un proceso irreversible e inevitable. Comprendiendo su vínculo estrecho con la disfunción mitocondrial, abrimos la puerta a estrategias clínicas reales y efectivas que pueden transformar la forma en que protegemos a nuestros pacientes frente al envejecimiento inmunológico.
Gracias a la Salud de Precisión, hoy es posible mapear, monitorizar y modular la función inmunitaria, no solo para evitar infecciones, sino también para preservar la capacidad adaptativa del organismo en todas las etapas de la vida.
